Hablar con espíritu de Vida

La lengua que brinda consuelo es árbol de vida; la lengua insidiosa deprime el espíritu. Prov.15:4

Muchas veces las personas me demuestran y explican que tan sinceras son, me demuestran o al menos eso intentan, y se describen como sinceras y honestas con ellos mismo, que dicen lo que piensan y lo que sienten, que se expresan como lo sienten en dicho momento y hasta viene acompañado con una especie de excusa o justificación que suena algo así: “Yo soy así, y si no les gusta, pues allá ellos”, “yo siempre digo la verdad”, “No puedo evitar decir lo que pienso, sino seria un hipócrita”. Claramente son personas que creen ser sinceras y
honestas, y puede que así sea, sin embargo muchas veces son agresivos al expresar lo que les pasa, o lo que piensan, bajo el manto de la sinceridad y la honestidad.

Intentaré explicar algo importantísimo que nos ayudará a relacionarnos de mejor manera, incluso para líderes de grupos, para personas que trabajan en consejería y que acompañan a otros en situaciones especiales.
No siempre decimos la verdad y no siempre somos honestos con nosotros mismos por ende con el otro, aunque estemos convencidos de que así sea.
Cuando estamos frente al otro, es bueno que siempre pensemos en cómo decimos las cosas, y si lo que decimos desde qué lugar lo decimos y para qué lo expresaremos. Agudizar el ejercicio de la congruencia es imprescindible para lograr una mejor comprensión de lo que sentimos realmente, y cuando logramos
conocer que es lo que pasa por nuestro corazón, mente o sensaciones, podemos expresarnos de manera más específica o asertiva. Si lo logramos estaremos siendo sabios al expresarnos, estaremos dando la posibilidad
de modificar lo que necesite el otro, podremos comunicar asertivamente lo que nos sucede, por lo que la otra persona podrá comprendernos y tal vez hasta realizar un cambio en ellos.

Generalmente me encuentro con líderes que intentan lograr cambios en las personas pero de manera algo autoritaria, con una actitud jerarquizada, cómo si ellos conocieran mejor lo que les pasa que las mismas personas que vienen a consultar o a buscar una ayuda.

Cuando aconsejamos necesitamos saber que el que conoce más profundamente y mejor que nadie lo que le pasa y siente, es la misma persona y Dios, y no nosotros que estamos allí para ayudar.

No es tanto qué decimos, sino cómo lo decimos. Podemos expresar un enojo, sin agredir, sin generar un mal estar o una actitud defensiva en la otra
persona. Sin embargo la mayoría de las veces expresamos el enojo de manera agresiva y sin congruencia, atacando a la otra persona, y provocando una actitud defensiva, y generando que la persona se encierre en sí
misma y no se abra a la comunicación.

Consolar es saber empatizar con el dolor y la angustia del otro, es conocer ese lugar, cómo se siente, cómo se experiencia, cómo se vive esa situación que para cada uno es diferente. Saber que cada palabra que se diga puede ser una aguja que se hunda en el corazón, o un árbol de vida, un árbol que da sombra, que da fruto, que da alimento.

Ezequiel Pérez

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